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03/06/2007

ENTREVISTA CON ISMAEL GRASA:

"Buena parte del debate literario actual nace de los blogs"

 

Ismael Grasa (Huesca, 1968) es un hombre sencillo, tranquilo y de buena conversación. Entre otras, es autor de las novelas De Madrid al cielo (premio Tigre Juan) y Días en China. Estuvimos con él en la emblemática cafetería San Siro, en pleno corazón de Zaragoza. Allí habló con Ít@c@ de sus andanzas como profesor de español en China, de su trayectoria literaria,  de las esperanzas que alberga en las nuevas tecnologías -su editorial acaba de ponerle un blog- y de su libro de relatos Trescientos días de sol, recientemente publicado en Xordica.

 

INICIOS

Empecemos por el principio, ¿qué le llevó a escribir?

Pasan los años y uno no tiene una respuesta para eso. Supongo que leer, y el deseo de hacer algo parecido. Es verdad que uno empieza a escribir porque conoce a escritores. Empezar a escribir no es fácil, y yo compartí pisos con amigos escritores que me animaron a escribir.La literatura tiene algo de contagioso. Lleva fama de ser solitaria, y es necesaria cierta dosis de soledad, pero la realidad es que tiene bastante que ver con el hecho de relacionarse con otras personas que leen y escriben.Como muchos, yo empecé con concursos. Después mandé una novela a una editorial, salió publicada y ya no volví a presentarme a ningún concurso.Y de pronto uno es escritor. Duermes y a la mañana siguiente eres escritor, hagas lo que hagas.

¿Qué personas le influyeron en esos comienzos?

No son personas especialmente importantes. Algunas trabajan como guionistas, pero no son muy conocidas.

Su primera novela salió en Anagrama...

Sí. Muchas veces, cuando imparto talleres literarios, los aspirantes a escritor piensan que existe un secreto para publicar, o que debes conocer a alguien. En mi caso, lo único que hice fue enviar la novela a la editorial en la que quería publicar.Quizá también era un tiempo, hablo de comienzos de los noventa, en que el mercado español estaba abierto a jóvenes novelistas. Pero en todo caso, en este momento hay una red suficiente de editoriales para que un buen manuscrito, si realmente es bueno, encuentre cauce. Un texto interesante siempre encuentra su lugar en el mercado.

¿Son recomendables los talleres literarios en la forja de un escritor?

Al principio era un poco reacio a los talleres. Pensaba que la escritura no puede aprenderse en un aula. Sin embargo, conforme pasa el tiempo cada vez me parecen más útiles.El hecho de escribir algo y leerlo en voz alta delante de los demás da conciencia de lo que realmente es el texto literario. Se quiera o no, una vez escrito pasa al dominio público y deja de pertenecerle al autor.Cuando otros leen tu trabajo en voz alta, surgen momentos muy iluminadores para la gente que escribe.

 

DÍAS EN CHINA

Usted estudió Filosofía y Letras. ¿Existe algún movimiento o autor filosófico que le atraiga especialmente?

Me gusta leer ensayos, si bien es verdad que no me atrae la filosofía en un plano académico. Durante una época sentí cierto rechazo hacia el texto filosófico. Me parecía que estaba lleno de una jerga oscura: oscura no porque el texto dijese cosas profundas, sino porque el texto era sencillamente oscuro. En ese sentido, un filósofo era un escritor malo. Todas las cosas se pueden decir con un lenguaje asequible. No hay ideas tan profundas que uno necesite leerlas tres veces para entenderlas: eso significa que están mal expresadas.A mí me interesa el pensamiento cercano al periodismo, al lector. Una democracia se caracteriza por el debate público y en ese sentido están los artículos de fondo de los periódicos, los libros de ensayo; pero no como una disciplina pactada de la realidad, sino como un modo de debatir ideas.

En su novela Días en China menciona a Ortega y Gasset, al que califica de "divulgador"...

Hoy me siento más próximo a Josep Pla o Julio Camba, por hablar de contemporáneos. Pero hay que reconocer que Ortega es el único pensador que estaba en el debate intelectual europeo. Desde Gracián no hemos tenido un autor que se estudie en las universidades alemanas. Pero no es autor que me guste especialmente.

¿Cómo acabó dando español en China?

Igual que comencé a escribir. Compartí piso con extranjeros a los que enseñaba español. Una de esas personas era un chino que vivía de las clases de taichi. Yo había acabado la carrera, trabajaba de camarero... Iba un poco a la deriva, como muchos escritores en sus inicios. Y esta persona me ofreció dar clases en China. Así de azaroso y casi absurdo.

¿Cuánto hay de verdad en Días en China?

Es una novela. Una novela a partir de experiencias vividas. Podría haber hecho un diario, unas crónicas de mi viaje. Pero lo tengo claro: es ficción. Creo que no hay confusión.Me sirve muy bien para expresar las cosas más despiadadas; mejor que el relato directo, porque en él interviene la prudencia y hay cosas que no se dicen.

Usted intervino en la película Obra maestra, ¿ha pensado escribir un guión cinematográfico?

Hice un master en la Universidad Autónoma de guión cinematográfico cuando no existía la escuela de cine. Pero no me sentí cómodo. Sentía envidia del escritor que no tiene que rendir cuentas a nadie.

 

BLOGS

Acaba de introducirse en el mundo del blog, ¿cómo le va?

Dedico parte del día a leer blogs. Buena parte del debate literario, de las fuentes de ideas de discusión nacen de los blogs. Cada día me interesan más.En principio como lector, pues no pensaba crear un blog. Ahora me han abierto una página de promoción del libro de relatos. Y lo hago un poco como agradecimiento.Nunca había guardado nada de lo que publicado sobre mí, quizá por falsa modestia, hasta que me dieron esta página donde sí que aprovecho a colgar mis artículos y reseñas.

También tiene una página personal...

Sí. No se puede llamar blog, porque un blog es algo más vivo. En ella cuelgo los artículos que escribo en la edición oscense del Heraldo.Esta página la abrí para mis amigos. Suelo mandarles mis textos por correo electrónico, pero siempre te olvidas de alguno; y así todos pueden leerlos. En principio era un blog "secreto", pero algunos amigos lo han enlazado y eso te crea presión; porque ahora te lee más gente y debes esforzarte más.Pero yo no lo llamaría blog. No tengo intención de ampliar sus contenidos, Además, los blogs pueden ser algo vampíricos. Empiezas a meter cosas y a estar más pendiente de los comentarios...

¿Lee usted blogs?

La idea de los blogs me parece el colmo de la democracia y la sociedad civil. Leo muchos blogs y tengo varias "rutas": una me lleva media hora, otra dos... Paso más tiempo leyendo blogs que revistas, por ejemplo.Suelo usar de puerta el de Mariano Gistaín; desde allí leo periódicos digitales, el blog de Arcadi Espada, etc. Luego voy al de Antón Castro, que tiene muchos enlaces y ya miro los blogs de amigos.

 

TRESCIENTOS DÍAS DE SOL

Las críticas de su libro Trescientos días de sol han sido muy buenas, ¿qué tal van las ventas?

Es pronto para saberlo. Pero por la repercusión que ha tenido, creo no va mal.

Escribió parte del libro en la Ledig House International Writers Residency...

Es una fundación de Nueva York que ofrece becas en una residencia para escritores. Estuve allí cuatro semanas, y resultó una buena experiencia. De hecho, el primer libro del relato está situado en esa zona, cerca del río Hudson. El resto de los relatos fueron escritos en diferentes momentos, alguno salió publicado en revistas...Todos tiene un punto en común, al principio no previsto: la posibilidad del delito. Sus personajes están dentro de la ley pero podrían no estarlo. Es decir, ¿estamos en la línea del bien por inercia o cuál es la razón? Luego me he dado cuenta de que en el libro hay más bodas que delitos, así que igual pertenece al género rosa...

De hecho, usted dijo en una presentación que puede tener varias lecturas: gótica, rosa y social. ¿Cuál es la que más se acerca a su idea original?

Mariano Gistain decía que de lo que trata en realidad es de la eventualidad de los contratos laborales y de la vida contemporánea, aspecto que yo no había pensado. En realidad, ese carácter de denuncia social del libro es, quizá, lo que más sobresale. Es innegable que la obra habla de una sociedad en que vivimos en la que todo es provisional, no hay nada para toda la vida. Esto puede crear cierta angustia y la sensación de ir a la deriva, como los personajes que deambulan por mis relatos: seres que no pierden nunca la esperanza y que están a la espera de que algo suceda, aun a sabiendas de que no va a suceder. Esperan un momento de iluminación que no llega nunca. Pese a los infortunios, en ningún momento se comportan como resentidos.

Se escuchan muchos ecos de John Cheever, Raymond Carver y del realismo sucio...

Sí, y también de Saul Bellow. Mis referentes son esos. No me gusta mucho la expresión "realismo sucio", pero sí que mis relatos parten de lo cotidiano, que es el ámbito donde más cómodo me siento. Siempre he tendido más a la observación que a la fantasía. Las cosas que escribo están fijadas a lugares muy identificables. En De Madrid al cielo se pueden seguir en un callejero todas las acciones que transcurren. Siempre pienso en escenarios muy concretos, pues es donde más me defiendo y me inspiro.

¿De dónde sacó la anécdota del afilador de cuchillos que atraca a sus víctimas con las armas que éstos le ofrecen?

Es un hecho real. Me visitó un chaval que afilaba cuchillos. Yo no sé si por el adormecimiento (el timbre me había despertado de la siesta), o porque realmente tenía un cuchillo que afilar, se lo di, y me pasó lo que describo en el libro. Cuando me lo devolvió, me pidió una cantidad desorbitada de dinero a cambio. Era un atraco en toda regla. Pero si yo le hubiese querido denunciar, él podría haber alegado que me estaba devolviendo el cuchillo. Al final pude llegar a un acuerdo amistoso por menos dinero.

¿Tiene alergia a cualquier tipo de estilismo recargado?

Me interesa ser cada vez más llano. Cuando uno empieza a escribir suele tener al lado un diccionario para buscar alguna palabra de lucimiento. Eso, en realidad, es inseguridad. Para mí, cuanto más limpia sea la página, mejor. Me interesa contar la vida, los sentimientos, y si soy capaz de hacerlo con un lenguaje llano, pues mejor que con un lenguaje complejo. Recargar mucho la prosa puede impedir ir a lo esencial. Samuel Beckett se pasó al francés para limpiarse del barroquismo de James Joyce y decía: "Escribo en francés porque es una lengua que no domino del todo y así me empobrezco". No hay prosa deluxe, sino prosa de verdad o de mentira.

Ha probado suerte en distintos géneros literarios: novela, libros de viajes, poesía y relatos, ¿en cuál de ellos se siente más cómodo?

El género de relatos cortos me atrae especialmente. No tengo la sensación de que añadiendo cien páginas a alguno de estos relatos vaya a darle más calidad. A veces, cuando leo a Natalia Ginzburg y Chéjov, pienso que no se puede hacer mejor, y eso me motiva.

 

HOY Y MAÑANA

¿Sigue un método de escritura?

Para escribir, lo único que tengo que hacer es dejar de hacer otras cosas. Si es algo por encargo, el mejor método es que te paguen y te pongan un plazo; si es una obra que la haces porque realmente te apetece y nadie te presiona, pues tanto mejor. El tiempo para escribir es algo que uno roba de otras actividades. Hay mucha gente que tiene un libro en la cabeza y se muere sin haberlo escrito nunca.

¿Qué opina de la actualidad literaria española?

En este momento es imposible estar al día de todo, tenemos muchas corrientes y mucha variedad. Quizá hubo un tiempo en España en el que uno podía estar al día, aunque creo que es más positiva esta dispersión. La verdad es que solamente con leer a los amigos se me pasa la vida.

Así que se mueve mejor en el círculo de escritores aragoneses: Félix Romeo, Daniel Gascón, Miguel Mena...

Son personas con las que tengo amistad. El panorama aragonés está en un buen momento, sobre todo la poesía. En el futuro habrá historias nuevas porque contaremos con una sociedad más cosmopolita. Los institutos, en la actualidad, tienen alumnos procedentes de distintos países y la futura generación de escritores se nutrirá, indudablemente, de ellos.

¿Se puede vivir de la literatura?

Ese es otro tema..Normalmente los escritores suelen vivir de cosas de la periferia de la literatura, como artículos, suplementos literarios, etc.

Ha pasado de una editorial como Anagrama, a otra que se mueve en ámbitos más regionales, como es Xordica. ¿A que se debió el cambio?

Las editoriales grandes normalmente quieren novelas, de ahí que Trescientos días de sol haya salido en Xordica. Es una editorial competente, sus libros están bien editados y en el catálogo hay personas con las que tengo gran amistad, al igual que con su director. El libro tendrá la vida que tenga que tener, no creo que sacarla en una editorial con mayor distribución mejore un libro. Sigo teniendo muy buena relación con Anagrama.

 ¿Próximos proyectos?

Siempre hay algo. Aunque la verdad, no tengo nada comprometido ni acabado por el momento. Me gusta que cada libro que hago sea algo que yo no haya leído antes, distinto a los anteriores, y creo que las cosas en las que estoy embarcado ahora son bastante diferentes.

 

(Realizada en colaboración con Raúl Gay. Podéis encontrar una reseña de Trescientos días al sol, escrita por Vicente Luis Mora, en La tormenta en un vaso).

 

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09/06/2007

Lo absurdo de la vida contemporánea

 

DAVID FOSTER WALLACE

HABLEMOS DE LANGOSTAS

Mondadori

423 páginas

21 €

 

Dos años ha tardado la editorial Mondadori a publicar en España Hablemos de langostas, la nueva colección de ensayos, artículos y reportajes de David Foster Wallace (Ithaca, Nueva York, 1962). Una espera angustiosa para los -cada vez más- adictos a su obra que ha ido ganándose en nuestro país. Y es que a un personaje de la talla de Wallace -unos de los escritores más vanguardistas de la narrativa actual y presunto heredero de Thomas Pynchon, recordad su inmensa La broma infinita- debería tomársele más en serio por estos lares.

 

Con la misma fórmula de literatura + realidad, que tan buen resultado le dio en Algo supuestamente divertido que no volveré a hacer, DFW lo ha vuelto a conseguir. Su nueva obra contiene todos los ingredientes necesarios que  gustan a su público: un estilo personalísimo con obsesión por el detalle más nimio, una visión de lo más ácida del mundo y un sentido del humor que no deja títere con cabeza.

 

En ASDQNVAH, Wallace se embarcaba en un crucero de lujo para escribir un reportaje sobre los nuevos medios de ocio programado. El resultado le producía una felicidad tan insulsa que acababa atacando las nuevas formas de divertirse de las masas contemporáneas. En otro ensayo viajaba a la Feria Estatal de Illinois, donde dejaba al descubierto la glotonería y decadencia de la América más  profunda.

 

 

Hablemos de langostas no se queda atrás y sus artículos vuelven a ser disparatados a más no poder. A su vez, van diseminados por las revistas americanas más influyentes: Premiere, Rolling Stone, Harper's, Gourmet... La multivariedad está asegurada.

 

Porque si hay algo que le distingue de los demás autores, es el conocimiento a fondo de la temática más inverosímil para demostrarnos lo absurdo de la vida contemporánea. Wallace puede hacer prácticamente cualquier cosa que se proponga; se puede poner triste, gracioso, rompedor, todo ello con la misma facilidad; puede incluso hacerlo a la vez.

 

El delirio comienza con Hablemos de langostas, pieza que comparte título con la obra. La revista Gourmet encarga a DFW un reportaje sobre una feria especializada en langostas. Lo que prometía ser un viaje de placer, se convierte en un debate cuando realiza un planteamiento ético de lo que sufren estos "insectos gigantes de mar", que son cocidos vivos para nuestro deleite palatal.

 

La revista señera para adultos, AVN, también utiliza los servicios de nuestro autor para Gran hijo rojo. Nos sumergimos en el mundo del porno con una convención que se celebra todos los años en los Estados Unidos. DFW vive un lisérgico fin de semana en el que conoce a directores ególatras de cine X; nos descubre un teléfono de la esperanza exclusivo para actrices porno depresivas; asiste a ceremonias que oscilan entre el glamour y la horteridad más absoluta; y sufre encuentros con actores de la industria en los lavabos de un casino de Las Vegas. Su perspectiva siempre es innovadora, y sus observaciones, finas, inteligentes y llenas de humor.

 

En Arriba, Simba, la pieza más interesante para mi gusto, acompañamos durante una semana electoral al senador John McCain, candidato republicano a la presidencia americana y rival de Bush en las preliminares de 2000. Descubrimos los entresijos de una campaña, el candor y el cinismo de los jóvenes votantes, la rivalidad y atropellos de los periodistas. Al final, tanto show mediático acaba confundiendo al autor, al que le cuesta distinguir entre el montaje y la cara humana de John McCain.

 

La vista desde la casa de la señora Thompson ofrece otra perspectiva de los atentados del 11-S; cuenta de manera emotiva cómo siguió Wallace aquel día fatídico, las reacciones que se sucedieron a pie de calle. Y no escatima en lanzar dardos contra la espectacularización que ofrecieron los informativos norteamericanos aquel día, recreándose en el choque de los aviones como si de una película hollywodiense se tratara.

 

Wallace nos descubre en Ciertamente el final de alguna cosa, o por lo menos eso es lo que a uno le da por pensar su faceta de gran reseñista, no como innovador, sino por el gran sentido común que utiliza. Realiza una diatriba feroz que baja los humos a los pesos pesados más ególatras de la literatura americana reciente: John Updike, Philiph Roth y Norman Mailer, a quienes califica como los Grandes Narcisistas Masculinos. De hecho, John Updike le resulta un gilipollas y se lo dice a las claras.

 

La autoridad y el uso del inglés americano es una burla sobre la justificación autoritaria de cómo se deben utilizar las palabras; con Algunos comentarios sobre lo gracioso que es Kafka, de los cuales probablemente no he quitado bastante nos muestra al escritor checo, un personaje con un humor alejado de lo convencional. Wallace da una vuelta de tuerca a todo academicismo escrito sobre el autor de La metamorfosis.

 

Si algo se le puede achacar a DFW, es su miedo a la contención, su gusto por  las digresiones -el artículo sobre el uso del inglés americano se hace interminable con sus casi cien páginas, en las que mezcla política, ética y lingüística-, y sus desvaríos laberínticos. Aunque, hay que reconocérselo, las notas de humor esparcidas por el libro son tan brillantes que salvan la papeleta. Su vanguardismo formal no es siempre efectivo; a veces, incluso, resulta confuso, como en las notas, recuadros y direcciones de lectura en Presentador, pieza que recomiendo leer habiendo ingerido antes biodramina, por el mareo que puede llegar  a provocar.

 

Pese a todo, DFW sale victorioso con Hablemos de langostas y se reconcilia con sus lectores, al menos con los que siguen su no ficción. Los que siguen sus novelas tendrán que esperar a una nueva obra, o se darán con un canto en los dientes si a Mondadori le da por cumplir la promesa que hizo: traducir al castellano The Broom of the System (1987), su primera novela, para que podamos volver a recrearnos con su ingenio infinito.

09/06/2007 17:07 Autor: undivanparalaconversacion. Enlace permanente. Tema: Literatura No hay comentarios. Comentar.


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